Errores que cometemos los padres con los castigos

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Errores que cometemos los padres con los castigos

¿Castigar o redirigir?

Imaginemos una situación cotidiana: un pequeño de 8 años está acostado después de que sus padres hayan luchado con él para que se duerma durante casi una hora. A los diez minutos de dar por sentado que por fin se ha dormido, el niño aparece en el salón con una nueva razón para no dormirse. Los padres agotados, irritados y hartos le mandan a gritos a la cama y con la amenaza de que mañana no podrá jugar con su consola favorita. ¿Qué han conseguido con esto? El malestar general de la familia. Desde el pequeño, que se va asustado, llorando a la cama y que consigue dormirse entre sollozos; hasta los padres, por el sentimiento de culpa que aparece al no haber sabido resolver de otro modo la situación.

Errores más comunes que se producen al imponer castigos y por qué:

  • Cuando el castigo es la forma común de corregir:  Si tenemos la sensación de estar siempre castigando a nuestro hijo, esto puede ser una realidad. Nuestro objetivo es la educación del pequeño y, en situaciones concretas de conflicto, poder redirigir su comportamiento inadecuado; pero no evitar que se equivoque a través del castigo.
  • Cuando el castigo nada tiene que ver con el comportamiento inadecuado del niño:  Si el pequeño ha roto una mesa, la consecuencia tiene que ver con repararla en la medida de sus posibilidades y a ser posible con la ayuda de sus progenitores. No parece coherente, y es posible que el niño no llegue a entender, cómo puede dejar de romper cosas si le castigan sin, por ejemplo, jugar al fútbol. Además, es probable que realizar este deporte sea beneficioso para él ¿por qué deberíamos dejarle sin él entonces?
  • Cuando los castigos son desproporcionados: Si los castigos son demasiado grandes para afrontarlos, es posible que el niño no pueda cumplirlos. Para él supondrá un motivo de frustración y para los padres la sensación de haberse equivocado.
  • Cuando el castigo es imprevisible: Es muy común castigar a los niños sin anticiparles las consecuencias de sus actos con anterioridad. De este modo no les permitimos que valoren y decidan sobre qué hacer o qué no hacer.
  • Cuando el castigo se marca desde la frustración y el nerviosismo: Al responder desde el “estoy harto, no puedo más” es difícil retomar una situación complicada. Seguramente la decisión que se tome respecto al comportamiento del niño sea desproporcionada e inadecuada.

No parece por tanto que el castigo sea la mejor solución. Por supuesto, los pequeños necesitan límites, estructura y asumir responsabilidades por su conducta, pero veamos qué pautas concretas nos ayudarán a redirigir una situación conflictiva y que son alternativas al castigo:

  • Escucha a tu hijo, explícale tú cómo se siente.
  • Abrázalo, el contacto físico calma emociones intensas. Busca soluciones al problema incluyendo los límites necesarios.
  • Conecta con tu hijo, no recurras inmediatamente al “porque lo digo yo”. Explícale tus razones, anímalo a que te haga preguntas al respecto y buscad alternativas juntos.
  • Considera el conflicto como una oportunidad de enseñar a tu pequeño diferentes opciones de resolución. Pasada la tormenta emocional, podemos aprovechar a enseñarles a pedir perdón o escribir una carta en dónde expresen sus sentimientos.
  • Utiliza el recurso del humor. Hay determinadas situaciones en las que sí podemos responder a sus exigencias con humor. Reírse relaja los momentos más tensos y redirige la atención del niño hacia donde tú quieres.
  • Cuando sea posible, haz que se mueva. En situaciones en las que se siente disgustado y muy alterado (por ejemplo, después de una pelea con su hermano), explícale lo útil que es hacer una pausa, levantarse y moverse. Propónle ir a dar una vuelta en bici o jugar un rato a la pelota.
  • En otros momentos es una gran opción relajarse y permanecer quieto y callado, permitiéndole disfrutar de la tranquilidad una vez se consigue.

¿Qué podemos conseguir con esta otra manera de afrontar un comportamiento inadecuado?

  • Que nuestros hijos tomen decisiones sensatas. Les ayudaremos a analizar las distintas alternativas contrarias, así como el resultado de esas elecciones.
  • Que controlen las emociones y el cuerpo. Les hemos de dar pautas para que lo consigan y los primeros pasos pasan por expresar lo que sienten. A veces habrá que dejarles dar puñetazos a un cojín para redirigir su rabia.
  • Les ayudará a entenderse a sí mismos. Ayudarles a explicar por qué hacen lo que hacen y qué sienten, les llevará a un mejor autoconocimiento.
  • Desarrollar su empatía: puede llegar a ponerse en el lugar de sus padres, dando sus primeros pasos para conocer los puntos de vista de otros, como sus amigos, por ejemplo.
  • Facilitará su sentido de la generosidad. El niño desarrollará un sentido del bien y del mal, más allá de sus propias necesidades individuales.

Adelante con ello, ¡os deseo una feliz puesta en práctica!

Artículo originalmente publicado en Sapos y Princesas

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